El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —No, es a él, por el contrario, a quien quisieron asesinar. Ya saben que fue saliendo de su casa cuando ese buen Caderousse fue asesinado por su pequeño Benedetto. Ya saben que fue en su casa donde encontraron el famoso chaleco en cuyo bolsillo hallaron la carta que vino a cortar con la firma del contrato matrimonial. ¿Ven el famoso chaleco? Está allÃ, todo ensangrentado, sobre la mesa, como prueba del delito.
—¡Ah! Muy bien.
—¡Chsss! Señores, ahà está el tribunal; ¡vamos a nuestros asientos!
En efecto, un gran bullicio se oÃa en la sala de audiencias; el agente municipal llamó a sus dos protegidos con un «¡eh!», enérgico y el ujier, apareciendo en el umbral de la sala de las deliberaciones, gritó con esa voz impostada que los ujieres tenÃan ya desde los tiempos de Beaumarchais:
—¡Señores: el tribunal!