El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Montecristo reculó con terror.
—¡Oh! —dijo—. ¡Se ha vuelto loco!
Y como si temiera que los muros de la casa maldita se desmoronaran sobre él, salió veloz a la calle, dudando por primera vez de si tenÃa derecho a hacer lo que habÃa hecho.
—¡Oh! Suficiente, todo esto es demasiado —dijo—, salvemos al último.
Al regresar a casa, Montecristo se encontró con Morrel, que erraba como un alma en pena por ese palacete de los Champs-Elysées, silencioso como una sombra que espera el momento fijado por Dios para volver a su tumba.
—Prepárese, Maximilien —le dijo con una sonrisa—, dejamos ParÃs mañana.
—¿Ya no le queda nada por hacer? —preguntó Morrel.
—No —respondió Montecristo—, ¡y Dios quiera que no haya hecho ya demasiado!