El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Maximilien —dijo el conde, sin parecer darse cuenta de las diferentes impresiones que producía su visita a los anfitriones—, vengo a buscarle.

—¿A buscarme? —dijo Morrel, como saliendo de un sueño.

—Sí —dijo Montecristo—; ¿no convinimos en que le llevaría conmigo, y no le previne para que estuviera listo?

—Aquí estoy —dijo Maximilien—: he venido a despedirme.

—¿Y adónde va, señor conde? —preguntó Julie.

—En primer lugar, a Marsella, señora.

—¿A Marsella? —repitieron al unísono los dos jóvenes.

—Sí, y me llevo a su hermano.

—¡Ay! Señor conde —dijo Julie—, ¡devuélvanoslo curado!

Morrel se dio la vuelta para ocultar su rubor.

—¿Han visto ustedes, entonces, que estaba enfermo? —dijo el conde.

—Sí, —respondió la joven—, y temo que se aburra con nosotros.

—Yo le distraeré —dijo el conde.

—Estoy listo, señor —dijo Maximilien—. ¡Adiós, mis queridos amigos! ¡Adiós, Emmanuel! ¡Adiós Julie!


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