El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —SÃ, tengo un asunto en Italia; le dejo solo, solo frente al dolor, solo con esa águila de poderosas alas que el Señor envÃa a sus elegidos para transportarles hasta sus pies; la historia de GanÃmedes no es una fábula, Maximilien, es una alegorÃa.
—¿Cuándo se va?
—En este mismo instante; el barco de vapor me espera, dentro de una hora estaré lejos de usted; ¿me acompaña hasta el puerto, Morrel?
—Soy todo suyo, conde.
—Abráceme.
Morrel escoltó al conde hasta el puerto; ya salÃa humo, como un inmenso penacho, del tubo negro que lo lanzaba a los cielos. Enseguida el navÃo partió, y una hora después, como le habÃa dicho Montecristo, ese mismo copete de humo blanquecino, apenas visible, arañaba el horizonte oriental, ensombrecido por las primeras brumas de la noche.