El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo En presencia de la ciudad eterna, es decir, llegando a la Storta, punto desde el que se ve Roma, el viajero no sintió ese sentimiento de curiosidad entusiasta que empuja al extranjero a levantarse del fondo de su asiento para tratar de vislumbrar la famosa cúpula de San Pedro, que se destaca mucho antes de que se distinga cualquier otra cosa. No, él solamente sacó una cartera del bolso, y de la cartera un papel doblado en cuatro, que desplegó y volvió a plegar con una atención que parecía más bien respeto, y se contentó con decir:
—Bueno, todavía lo tengo.
El carruaje franqueó la puerta del Popolo, torció a la izquierda y se detuvo en el hotel de España.
Maese Pastrini, nuestro antiguo conocido, recibió al viajero en el umbral de la puerta, con el sombrero en la mano.
El viajero se apeó, pidió una buena cena y se informó de la dirección de la casa Thomson y French, que le fue indicada al instante mismo, siendo esa casa una de las más conocidas de Roma.
Estaba situada en la Via dei Banchi, cerca de San Pedro.