El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Vamos —dijo Danglars—, ¡vamos a empezar de nuevo, por lo que parece!

Y sin dejar de sonreír, para así parecer que bromeaba, el desgraciado sentía que el sudor le empapaba las sienes.

—Veamos, amigo mío —dijo Danglars, viendo que Peppino permanecía impasible—, si le pido un vaso de vino, ¿me lo negaría?

—Ya le he dicho, Excelencia —respondió con toda seriedad Peppino—, que no vendemos al por menor.

—Y bien, veamos entonces, deme una botella.

—¿De qué vino?

—Del menos caro.

—Los dos son del mismo precio.

—¿Y qué precio?

—Veinticinco mil francos la botella.

—Dígame —exclamó Danglars, con una amargura que sólo Harpagón[1] podría notar en el diapasón de la voz humana—, dígame que quiere desollarme y será mejor que irme devorando así jirón a jirón.

—Es posible —dijo Peppino— que ese sea el proyecto del amo.

—El amo, ¿quién es, entonces?

—El mismo ante quien le condujeron anteayer.

—¿Y dónde está?

—Aquí.

—Dígale que quiero verle.


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