El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Capítulo CXVII

El cinco de octubre

Eran las seis de la tarde, poco más o menos; una luz de ópalo, en el que un hermoso sol de otoño filtraba sus rayos de oro, caía del cielo sobre el mar azulado.

El calor del día se iba extinguiendo gradualmente, y se empezaba a sentir esa ligera brisa que parece la respiración de la naturaleza despertándose tras la siesta ardiente del mediodía, soplo delicioso que refresca las costas del Mediterráneo y lleva de orilla a orilla el perfume de los árboles, mezclado con el acre olor del mar.

Sobre este inmenso lago que se extiende desde Gibraltar a los Dardanelos, y de Túnez a Venecia, un ligero yate, limpio y elegante de forma, se deslizaba en los primeros vapores de la tarde. Su movimiento era el del cisne que abre sus alas al viento y que parece resbalar sobre el agua. Avanzaba, rápido y gracioso a la vez, dejando tras él un surco fosforescente.

Poco a poco el sol, cuyos últimos rayos saludamos, había desaparecido por el horizonte occidental, pero, como para dar razón a los brillantes sueños de la mitología, sus indiscretos fuegos, reapareciendo en la cresta de cada ola, parecían revelar que el dios del fuego acababa de esconderse en el seno de Anfítrite, que en vano intentaba esconder a su amante entre los pliegues de su celeste manto.


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