El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Dantès había agotado el círculo de los recursos humanos. Como ya dijimos que iba a suceder, se volvió entonces hacia Dios.
Todas las ideas piadosas diseminadas por el mundo y recogidas por los desgraciados que se sienten doblegados por el destino vinieron entonces a refrescar su memoria; recordó las oraciones que le había enseñado su madre, y encontró en ellas un sentido que antaño ignoraba, pues para el hombre feliz la oración se queda en una conjunción monótona y vacía de sentido, hasta el día en que el dolor viene a explicar al infortunado ese lenguaje sublime del que se sirve la oración para hablar con Dios.
Rezó, pues, no con fervor sino con rabia. Rezando en voz alta ya no se asustaba de sus palabras; entonces caía en una especie de éxtasis; veía a Dios constatando cada palabra que él pronunciaba; todas las acciones de su humilde y perdida vida las refería a la voluntad de ese Dios poderoso, sacaba conclusiones, se proponía tareas y, al final de cada plegaria, deslizaba el deseo interesado que los hombres, a menudo, creen más apropiado dirigir a los hombres y no a Dios: «Y perdónanos nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos han ofendido».
A pesar de sus fervientes plegarias, Dantès siguió preso.