El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La celda del abate
Después de pasar curvándose, aunque sin embargo con bastante facilidad, por el pasadizo subterráneo, Dantès llegó al extremo opuesto del corredor que daba a la celda del abate. Allà el pasadizo se estrechaba y apenas si ofrecÃa el espacio suficiente para que un hombre pudiera deslizarse arrastrándose. El suelo de la celda era de baldosas; y levantando una de esas baldosas situada en el rincón más oscuro era como habÃa comenzado la laboriosa operación cuyo fin habÃa visto Dantès.
Una vez dentro y de pie, el joven examinó la celda con gran atención. A primera vista no presentaba nada de particular.
—Bueno —dijo el abate— no son más que las doce y cuarto, todavÃa tenemos por delante algunas horas.
Dantès miró alrededor buscando el reloj en el que el abate hubiera podido ver la hora de una manera tan precisa.
—Observe ese rayo de sol que entra por la ventana —dijo el abate—, y mire sobre la pared las lÃneas que he trazado. Gracias a esas lÃneas, que están combinadas con el doble movimiento de la Tierra y la elipse que describe alrededor del Sol, sé la hora con más exactitud que si tuviera un reloj, pues los relojes se descompensan, mientras que el Sol y la Tierra no se descompensan nunca.
