El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Lo supongo, ¿qué diablos puede hacer un muchacho de veintiún años a un guapa muchacha de diecisiete?
—¿Y dices que Dantès ha ido a Les Catalans?
—Se fue estando yo delante.
—Si fuéramos por allà podrÃamos pararnos en la Reserve, y tomando un vaso de vino de La Malgue, esperarÃamos noticias.
—¿Y quien nos las dará, esas noticias?
—EstarÃamos en el camino mismo y verÃamos en la cara de Dantès lo que hubiera pasado.
—Vamos —dijo Caderousse—; ¿pero, pagas tú?
—Claro que sà —respondió Danglars.
Y ambos se encaminaron con paso rápido hacia el lugar indicado. Una vez allÃ, pidieron una botella y dos vasos.
El compadre Pamphile acababa de ver pasar a Dantès no hacÃa ni diez minutos.
Seguros de que Dantès estaba en Les Catalans, se sentaron bajo el verdor naciente de plátanos y de sicomoros, en cuyas ramas una alegre bandada de pájaros saludaba a uno de los primeros hermosos dÃas de primavera.