El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Será quizá recompensado por esa dedicación tan desinteresada —le dijo—; pero como yo no puedo huir, y usted no quiere, es preciso que taponemos el subterráneo que hicimos en la galerÃa: el soldado puede descubrir, al andar, la sonoridad del hueco minado, llamar la atención del inspector y entonces serÃamos descubiertos y nos separarÃan. Vaya a hacer esa tarea en la que, por desgracia, no puedo ayudarle; emplee toda la noche, si es necesario, y no vuelva hasta mañana por la mañana tras la visita del carcelero; tengo que decirle algo importante.
Dantès cogió la mano del abate, que le tranquilizó con una sonrisa, y salió con esa obediencia y ese respeto que profesaba a su viejo amigo.