El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Un sudor frío empapó la frente de Dantès. Hasta ese día, ¡y durante cuánto tiempo!, había evitado hablar con Faria de ese tesoro, fuente de la acusación de locura que pesaba sobre el pobre abate; con su delicadeza instintiva, Dantès había preferido no tocar esa cuerda tan dolorosamente vibrante; y, por su parte, Faria se había callado. Dantès había tomado el silencio del anciano como una vuelta a la razón; hoy, esas palabras que se le escapaban a Faria después de una crisis tan penosa parecían anunciar una grave recaída en su alienación mental.

—¿Su tesoro? —balbuceó Dantès.

Faria sonrió.

—Sí —dijo—; tiene usted un noble corazón en todos los sentidos, Edmond, y comprendo por su palidez y su temblor lo que se le pasa por la cabeza en este momento. No, esté usted tranquilo, no estoy loco. Ese tesoro existe, Dantès, y si a mí no me ha sido dado poseerlo, usted lo poseerá. Nadie ha querido ni escucharme, ni creerme porque me creían loco; pero usted, que debe ya saber que no lo estoy, escúcheme, y me creerá después si usted quiere.

«¡Ay!», murmuró Dantès para sí mismo, «¡ya ha recaído de nuevo! Sólo me faltaba esta desgracia».

Y después le dijo en voz alta:


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