El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Les catalans
A cien pasos del lugar en el que los dos amigos, con la mirada puesta en el horizonte y el oído presto, se endosaban el vino espumoso de La Malgue, se levantaba, detrás de un cerro desnudo y carcomido por el sol y por el mistral, el pueblo de Les Catalans.
Un día, una misteriosa colonia salió de España y vino a abordar en la lengua de tierra en la que aún está hoy. Llegaba de no se sabe dónde y hablaba una lengua desconocida. Uno de sus jefes, que entendía el provenzal, pidió a la comuna de Marsella que les diese ese promontorio desnudo y árido, sobre el que, como los marineros de la Antigüedad, acababan de atracar sus naves. La demanda les fue acordada, y tres meses después, en torno a las doce o quince naves que habían traído esos gitanos del mar, se levantaba un pequeño pueblo.
Ese pueblo, construido de una manera rara y pintoresca, mitad moro, mitad español, es el que se ve hoy habitado por los descendientes de aquellos hombres, y que sigue hablando la lengua de sus padres. Desde hace tres o cuatro siglos, permanecen aún fieles a ese promontorio, sobre el que habían caído, como una bandada de pájaros de mar, sin mezclarse para nada con la población marsellesa, casándose entre ellos, y conservando los usos y costumbres de su madre patria así como conservaban su lengua.
