El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Nuestros lectores tienen que seguirnos a través de la única calle de ese pueblecito y entrar con nosotros en una de esas casas a las que el sol ha dado, por fuera, ese hermoso color de hoja seca propio de los edificios del país, y en su interior, una capa de encalado, esa pintura blanca que es el único adorno de las posadas españolas.

Una hermosa muchacha de cabellos negros como el azabache, de ojos aterciopelados como los de una gacela, estaba de pie, apoyada en un tabique, y deshacía entre sus afilados dedos, como de un dibujo antiguo, una rama de inocente brezo de la que iba arrancando las flores, y cuyos pétalos y ramitas alfombraban el suelo; además, sus brazos desnudos hasta el codo, sus brazos morenos, pero que parecían modelados sobre los de la Venus de Arlés, temblaban con una especie de impaciencia febril, y golpeaba el suelo con su pie flexible y arqueado, de manera que se entreveía la forma pura, orgullosa y atrevida de su pierna, prisionera en una media de algodón rojo con adornos grises y azules.

A tres pasos de ella, sentado en una silla que balanceaba con un movimiento brusco apoyando el codo en un viejo mueble carcomido, un muchacho alto, de veinte a veintidós años, la miraba con un aire en el que combatían la inquietud y el despecho; sus ojos interrogaban, pero la mirada firme y fija de la muchacha dominaba a su interlocutor.


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