El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La tercera crisis
Ese tesoro, que durante tanto tiempo fue objeto de sus meditaciones y que ahora podía asegurar la felicidad futura de la persona a quien él amaba como a un hijo, cobraba doble valor ante sus ojos; todos los días insistía sobre la cuota parte del tesoro, explicando a Dantès todo el bien que, en nuestros tiempos modernos, un hombre podía hacer a sus amigos con una fortuna de trece o catorce millones; y entonces el rostro de Dantès se ensombrecía, pues el juramento de venganza que se había hecho se le venía a la mente, y en lo que él pensaba era en todo el mal que, en nuestros tiempos modernos, un hombre podía hacer a sus enemigos, con una fortuna de trece o catorce millones.
El abate no conocía la isla de Montecristo, pero Dantès sí la conocía: a menudo había pasado por delante de esa isla, situada a veinticinco millas de la Pianosa, entre Córcega y la isla de Elba, e incluso una vez había hecho escala en ella. Esa isla estaba totalmente desierta, lo ha estado siempre y lo está hoy; es una roca de forma casi cónica, que parece que hubiera surgido por algún cataclismo volcánico desde el fondo del abismo hasta la superficie del mar.
Dantès dibujaba el plano de la isla a Faria, y Faria daba consejos a Dantès sobre lo que tenía que hacer para encontrar el tesoro.
