El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Ya ve —decía el joven con una dulce tristeza a Faria—, ya ve que Dios quiere arrebatarme hasta el mérito de lo que usted llama mi devoción por usted. Yo le había prometido quedarme eternamente con usted, y ahora ni siquiera soy ya libre de mantener mi promesa; ni usted ni yo obtendremos el tesoro, ni usted ni yo saldremos de aquí. Por lo demás, mi verdadero tesoro, mire usted, amigo mío, no es el que me esperaba bajo las sombrías rocas de Montecristo, mi verdadero tesoro es la presencia de usted, es nuestra cohabitación de cinco o seis horas al día, a pesar de nuestros carceleros; son esos rayos de inteligencia que usted ha vertido en mi cerebro, esas lenguas que ha implantado en mi memoria y que crecen en ella con todas sus ramificaciones filológicas. Esas diversas ciencias que usted ha hecho fáciles para mí, por la profundidad de los conocimientos que usted posee y la claridad de los principios a los que las ha reducido: ese es mi tesoro, amigo, en eso me ha hecho usted rico y dichoso. Créame, consuélese, todo esto vale para mí más que toneladas de oro y cofres de diamantes, aunque no fueran quiméricos como esas nubes que se ven por la mañana flotando en el mar, que uno confunde con la tierra firme, y que se evaporan, se volatilizan y se desvanecen a medida que uno se acerca. Tenerlo junto a mí el mayor tiempo posible, escuchar su elocuente voz adornando mi mente, fortaleciendo mi alma, transformando todo mi organismo en algo capaz de grandes y terribles cosas si alguna vez soy libre; llenar mi mente y mi alma tanto y tan bien que la desesperación, en la que estaba dispuesto a dejarme llevar cuando le conocí, ya no encuentra cabida en mí: esa es mi fortuna, mi verdadera fortuna, y no es quimérica; se la debo realmente, y ni todos los soberanos de la tierra, aunque fuesen Cesar Borgia, conseguirían arrebatármela.


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