El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Más lejos, más lejos —dijo el otro—, ya sabes que el último se nos quedó en camino, aplastado en las rocas, y que el gobernador nos dijo al día siguiente que éramos unos holgazanes.

Dieron aún algunos pasos, sin dejar de subir, después Dantès sintió que le cogían por la cabeza y por los pies y que le balanceaban.

—¡A la una! —dijeron los enterradores.

—¡A las dos!

—¡… y a las tres!

Al mismo tiempo, Dantès sintió que le lanzaban, en efecto, en un enorme vacío, atravesando el aire como un pájaro herido, cayendo, cayendo, con un espanto que le helaba el corazón. Aunque se sentía arrastrado por algo pesado que precipitaba su rápido vuelo, le pareció que esa caída duraba siglos. Finalmente, con un ruido espantoso, entró como una flecha en el agua helada que le hizo lanzar un grito ahogado en el instante mismo de la inmersión.

Dantès había sido lanzado al mar, a cuyo fondo se vio arrastrado con una bala de obús del treinta y seis atada a los pies.

El mar era el cementerio del castillo de If.


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