El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Los contrabandistas
Dantès no había pasado ni siquiera un día a bordo, cuando ya había reconocido con quién se las andaba. Sin haber estado nunca en la escuela del abate Faria, el digno patrón de Jeune-Amélie, que era el nombre de la tartana genovesa, sabía poco más o menos todas las lenguas que se hablan alrededor de ese gran lago que se llama el Mediterráneo: desde el árabe al provenzal. Eso le daba, ahorrándose los intérpretes, gente siempre fastidiosa y a veces indiscreta, le daba —decimos— grandes facilidades de comunicación, ya fuera con los navíos que encontraba en el mar, ya fuera con las pequeñas embarcaciones que se iba encontrando a lo largo de las costas, ya fuera, en fin, con esa gente sin nombre, sin patria, sin aparente oficio, como hay siempre sobre los muelles de los puertos de mar, y que vive de recursos misteriosos y ocultos como si procedieran directamente de la Providencia, puesto que no tienen ningún medio de existencia visible al primer golpe de vista. Adivinamos, pues, que Dantès estaba a bordo de un barco de contrabandistas.
