El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Al oír el nombre de Montecristo, Dantès se sobresaltó de alegría: se levantó para ocultar su emoción y dio una vuelta por la taberna llena de humo, en la que todos los idiomas del mundo conocido venían a fundirse en la lengua franca.
Cuando se acercó a los dos interlocutores, ya estaba decidido que desembarcarían en Montecristo y que esa expedición partiría a la noche siguiente.
Edmond, consultado, fue de la opinión de que la isla ofrecía todas las garantías posibles, y que las grandes empresas, para que tengan éxito, deben llevarse a cabo rápidamente.
Así que no se cambió nada al programa previsto. Se convino en que zarparían al día siguiente por la noche, y que tratarían de llegar a las aguas de la isla neutral a lo largo de la noche siguiente, pues el mar estaba espléndido y el viento era favorable.