El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La isla de Montecristo
Finalmente Dantès, por una de esas casualidades dichosas e inesperadas, que llegan a veces a quienes han sufrido un revés de la fortuna durante largo tiempo, Dantès iba a llegar a la meta por un medio sencillo y natural, e iba a poner el pie en la isla sin inspirar sospechas a nadie.
Solamente una noche le separaba de ese viaje tan inesperado.
Esa noche fue una de las más febriles que pasó Dantès. Durante toda la noche, todas las posibles opciones, malas y buenas, se le iban presentando alternativamente en su mente: si cerraba los ojos, veía la carta del cardenal Spada escrita en caracteres centelleantes en la pared; si se dormía un instante, los sueños más insensatos venían a dar vueltas en su cerebro. Bajaba a las grutas pavimentadas de esmeraldas, con las paredes de rubíes y estalactitas de diamantes. Las perlas caían gota a gota filtrándose como se filtra a menudo el agua subterránea.
