El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Entonces, se fue arrastrando con precaución hasta la punta de un risco que le ocultaba la visión del mar, y desde allÃ, vio cómo la tartana zarpaba, levaba el ancla, se balanceaba gentilmente como una gaviota que va a emprender el vuelo, y después partÃa.
Al cabo de una hora, habÃa desaparecido completamente del horizonte: al menos, desde el lugar en el que él estaba, era imposible verla.
Entonces Dantès se levantó, más ágil y más ligero que uno de los cabritillos que saltaban entre mirtos y lentiscos por los riscos salvajes, cogió el fusil con una mano, la azada con la otra y corrió a la roca en la que desembocaban las otras que tenÃan los cortes que habÃa observado anteriormente.
—Y ahora —exclamó, recordando esa historia del pescador árabe que le habÃa contado Faria—, ahora: ¡ábrete, Sesamo!