El Conde de Montecristo

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Capítulo XXIV

Deslumbramiento

El sol había recorrido poco más o menos una tercera parte de su camino, y sus rayos de mayo caían, cálidos y vivificantes, sobre estas rocas, que hasta ellas mismas parecían sensibles a su calor; miles de cigarras, invisibles entre los brezos, dejaban oír su murmullo monótono y continuo; las hojas de los mirtos y de los olivos se agitaban temblorosas, produciendo un ruido casi metálico; a cada paso que daba Edmond sobre el granito caliente, hacía huir a los lagartos que parecían esmeraldas; se veía a lo lejos saltar, sobre los repechos inclinados, a las cabras salvajes que a veces atraen hasta la isla a los cazadores; en una palabra: la isla estaba habitada, viva, llena de vida, y sin embargo Edmond se sentía en ella solo, bajo la mano de Dios.

Sentía yo no sé qué emoción, semejante a la del miedo: era esa desconfianza del gran día, que hace suponer, incluso en el desierto, que miles de ojos inquisidores están abiertos sobre nosotros, mirándonos.

Ese sentimiento fue tan fuerte que en el momento de ponerse a la tarea Edmond se detuvo, dejó la azada, tomó de nuevo el fusil, escaló por última vez hasta el pico más elevado de la isla, y echó una vasta mirada por todo alrededor.


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