El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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Se puso entonces a contar su fortuna: había mil lingotes de oro de dos o tres libras cada uno; luego, contó veinticinco mil escudos de oro, pudiendo valer cada uno unos ochenta francos de la moneda actual, todos con la efigie del papa Alejandro VI y predecesores, se dio cuenta de que el compartimento estaba medio lleno; finalmente, se llenó unas diez veces las manos con perlas, piedras preciosas, diamantes; de todas esas joyas, muchas estaban montadas por los mejores orfebres de la época, por lo que ofrecían un valor de ejecución notable, más allá de su valor intrínseco.

Dantès vio anochecer y apagarse el día poco a poco. Temía que le sorprendieran si se quedaba en el interior de la caverna, y salió con el fusil en la mano. Unas cuantas galletas y algunos tragos de vino fueron su cena. Después, volvió a colocar la piedra, se acostó encima, y durmió apenas unas horas, cubriendo con su cuerpo la entrada de la gruta.

Esa noche fue una de esas noches, a la vez deliciosas y terribles, como las que este hombre, de ardientes emociones, había pasado dos o tres veces en la vida.



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