El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Los contrabandistas volvieron al cabo de seis días. Dantès reconoció de lejos el porte y la cadencia de la Jeune-Amélie; se arrastró hasta el puerto como Filoctetes herido, y cuando sus compañeros abordaron, les anunció, todavía quejándose, que había mejorado sensiblemente; después, escuchó a su vez el relato de los contrabandistas. Lo habían logrado, es cierto; pero en cuanto el cargamento fue depositado, recibieron el aviso de que una bricbarca de vigilancia de Toulon acababa de salir del puerto y se dirigía hacia ellos. Habían escapado a toda vela, lamentando que Dantès, que sabía imprimir al barco una velocidad mayor, no estuviera allí para pilotarlo. En efecto, enseguida avistaron el barco perseguidor; pero con la ayuda de la noche, y poniendo rumbo a Córcega, lo habían esquivado.
En suma, el viaje no había estado mal; y todos, sobre todo Jacopo, lamentaban que Dantès no hubiera estado con ellos, pudiendo obtener así la parte de beneficios que a cada uno le había tocado y que ascendía a cincuenta piastras.
Edmond permaneció impenetrable; ni siquiera sonrió ante la enumeración de las ventajas que hubiera conseguido si no hubiera permanecido en la isla; y como la Jeune-Amélie no había venido a Montecristo sino para recogerle, se embarcó aquella misma tarde y siguió al patrón a Livorno.