El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La posada del puente del Gard
Los que, como yo, han recorrido a pie el MediodÃa francés, han podido observar, entre Bellegarde y Beaucaire, a mitad de camino poco más o menos del pueblo a la ciudad, pero más cerca sin embargo de Beaucaire que de Bellegarde, una pequeña posada en la que cuelga una representación del puente del Gard, sobre una placa de chapa que rechina al más mÃnimo viento. Esa pequeña posada, tomando como referencia el curso del Ródano, está situada a la izquierda de la carretera, dando la espalda al rÃo; va acompañada por lo que en el Languedoc llaman un jardÃn: es decir, que la parte trasera, opuesta a la puerta por donde se recibe a los viajeros, da a un recinto en el que trepan algunos olivos esmirriados y algunas higueras silvestres de hojas plateadas por el polvo; y como toda verdura, crecen, entre medias, ajos, pimientos y chalotas; finalmente, en uno de sus rincones, como centinela olvidado, un gran pino piñonero proyecta melancólicamente su tallo flexible, mientras que su cima, extendida en abanico, cruje bajo un sol de treinta grados.
Todos esos árboles, grandes o pequeños, se curvan inclinados por naturaleza hacia la dirección por donde pasa el mistral, una de las tres plagas de Provenza; las otras dos son, como se sabe, o como no se sabe, el rÃo Durance y el Parlamento.
