El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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El hostelero que regentaba esta pequeña posada podía ser un hombre de cuarenta a cuarenta y cinco años, alto, seco y fibroso, verdadero tipo meridional, de ojos hundidos y brillantes, nariz aguileña y dientes blancos como los de un animal carroñero. Su cabello, que, a pesar de los primeros envites de la edad, parecía resistirse a ponerse blanco, era, como la barba que llevaba como un collarín, espeso, rizado y apenas sembrado de algunas canas. La tez, naturalmente bronceada, se le había cubierto de una capa más de bistre, por la costumbre que había adquirido el pobre diablo de estarse de la mañana a la noche en el umbral de la puerta, para ver si, bien a pie o bien en coche, le llegaba algo de clientela; espera siempre frustrada, y durante la cual no oponía al ardor devorante del sol ninguna otra protección para el rostro que un pañuelo rojo anudado a la cabeza como los muleros españoles. Este hombre era nuestro antiguo conocido Gaspard Caderousse.








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