El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El relato
—Antes de nada —dijo Caderousse—, debo rogarle, señor, que me prometa una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó el abate.
—Pues que jamás, si usted hace uso, cualquiera que sea, de los detalles que voy a darle, que jamás se sepa que esos detalles se los di yo, pues la gente de la que voy a hablarle es rica y poderosa, y si me tocan, aunque fuera solamente con la punta de los dedos, me romperÃan como a un cristal.
—Esté tranquilo, amigo mÃo —dijo el abate—, yo soy sacerdote, y las confesiones mueren en mi seno; recuerde usted que sólo nos mueve cumplir dignamente las últimas voluntades de nuestro amigo; hable, pues, sin disimulo, pero también sin odio; diga la verdad, toda la verdad. No conozco ni conoceré probablemente nunca a las personas de las que va a hablarme; además, soy italiano, no francés; pertenezco a Dios y no a los hombres, y volveré a mi convento, del que no he salido sino para ejecutar la última voluntad de un moribundo.
Esta positiva promesa pareció dar a Caderousse un poco de confianza.
—Pues bien, en ese caso —dijo Caderousse—, quiero desengañarle, diré más, debo desengañarle sobre esas amistades que el pobre Edmond creÃa sinceras y fieles.
