El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Danglars —repuso Edmond sonriendo—, le digo lo mismo que Mercedes decÃa ahora a Caderousse: no me dé usted el tÃtulo que todavÃa no tengo, eso traerÃa mala suerte.
—Perdón —respondió Danglars—; yo simplemente decÃa que parecÃa usted tener mucha prisa. ¡Qué diablos! Tenemos tiempo: el Pharaon no volverá a la mar antes de tres meses.
—Uno siempre tiene prisa en ser feliz, señor Danglars, pues cuando se ha sufrido tanto tiempo, a uno le cuesta trabajo creer en la felicidad. Pero no sólo es el egoÃsmo el que me lleva a obrar asÃ; es que tengo que ir a ParÃs.
—¡Ah! ¿De verdad? A ParÃs; ¿y es la primera vez que va usted a ParÃs, Dantès?
—SÃ.
—¿Tiene allà algún asunto?
—No es un asunto mÃo: es que tengo que cumplir con el último recado de nuestro pobre capitán Leclère; entienda Danglars que eso es sagrado. Además, esté usted tranquilo, sólo será el tiempo que tarde en ir y venir.
—SÃ, sÃ, lo entiendo —dijo en voz alta Danglars.
Después, en voz baja: