El Conde de Montecristo

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Capítulo IV

El complot

Danglars siguió con la mirada a Edmond y a Mercedes hasta que los dos amantes desaparecieron en una de las esquinas del fuerte Saint-Nicolas; después, al darse la vuelta, vio a Fernand que había vuelto a caer sobre la silla, pálido y tembloroso, mientras que Caderousse balbuceaba la letra de una cancioncilla de borrachos.

—¡Ah! Vaya, mi querido señor —dijo Danglars a Fernand—, he ahí un matrimonio que me parece que no hace feliz a todo el mundo.

—Me desespera —dijo Fernand.

—¿Así que usted quería a Mercedes?

—¡La adoro!

—¿Desde hace mucho?

—Desde que nos conocemos; siempre la he querido.

—¡Y está usted ahí, tirándose de los pelos, en lugar de intentar poner remedio a la cosa! ¡Qué diablos! Yo no creía que fuera así como actuaba la gente de su país.

—¿Qué quiere usted que haga?

—¡Y yo qué sé! ¿Es que es asunto mío? No soy yo, me parece, el que está enamorado de la señorita Mercedes, sino usted. «Buscad», dice el Evangelio, «y encontraréis».

—Yo ya había encontrado.

—¿Qué?


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