El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El complot
Danglars siguió con la mirada a Edmond y a Mercedes hasta que los dos amantes desaparecieron en una de las esquinas del fuerte Saint-Nicolas; después, al darse la vuelta, vio a Fernand que habÃa vuelto a caer sobre la silla, pálido y tembloroso, mientras que Caderousse balbuceaba la letra de una cancioncilla de borrachos.
—¡Ah! Vaya, mi querido señor —dijo Danglars a Fernand—, he ahà un matrimonio que me parece que no hace feliz a todo el mundo.
—Me desespera —dijo Fernand.
—¿Asà que usted querÃa a Mercedes?
—¡La adoro!
—¿Desde hace mucho?
—Desde que nos conocemos; siempre la he querido.
—¡Y está usted ahÃ, tirándose de los pelos, en lugar de intentar poner remedio a la cosa! ¡Qué diablos! Yo no creÃa que fuera asà como actuaba la gente de su paÃs.
—¿Qué quiere usted que haga?
—¡Y yo qué sé! ¿Es que es asunto mÃo? No soy yo, me parece, el que está enamorado de la señorita Mercedes, sino usted. «Buscad», dice el Evangelio, «y encontraréis».
—Yo ya habÃa encontrado.
—¿Qué?
