El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—Yo quería apuñalar al hombre, pero la mujer me dijo que si le sucedía alguna desgracia a su prometido, ella se mataría.

—¡Bah! Se dicen esas cosas pero no se hacen.

—Usted no conoce a Mercedes, señor: cuando ella amenaza con algo, lo lleva a cabo.

—¡Imbécil! —murmuró Danglars—. Que se mate o no, ¡qué importa, con tal de que Dantès no sea capitán!

—Y antes de que muera Mercedes —repuso Fernand en un tono de inmutable resolución— me moriría yo mismo.

—¡Eso sí que es amor! —dijo Caderousse con una voz cada vez más pastosa—, ¡eso es amor, o no entiendo nada de nada!

—Veamos —dijo Danglars—, usted me parece un buen muchacho, y ¡que me lleven todos los diablos!, me gustaría aliviarle sus penas; pero…

—Sí —dijo Caderousse—, veamos.

—Querido amigo —repuso Danglars—, estás casi borracho: acaba la botella y lo estarás del todo. Bebe y no te metas en lo que hacemos; pues para lo que vamos a hacer hay que tener la cabeza despejada.

—¿Borracho, yo? —dijo Caderousse—. ¡Vamos, anda! ¡Bebería cuatro de tus botellas, que no son más grandes que las botellas de agua de colonia! ¡Compadre Pamphile, más vino!


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