El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Señorita —dijo el extranjero—, recibirá usted un dÃa una carta firmada por… Simbad el Marino… Haga punto por punto lo que le digan en esa carta, por muy extraño que le parezca.
—SÃ, señor —respondió Julie.
—¿Me promete que lo hará?
—Se lo juro.
—¡Bueno! Adiós señorita. Siga siendo usted una buena y santa hija como lo es ahora, y espero que Dios le recompensará dándole a Emmanuel por marido.
Julie dio un pequeño grito, se puso roja como una cereza y se sujetó a la rampa para no caer.
El extranjero continuó su camino haciéndole un gesto de adiós.
En el patio se encontró con Penelon, que llevaba un billete enrollado de cien francos en cada mano, y que parecÃa que no se decidÃa a quedárselos.
—Venga, amigo mÃo —le dijo el extranjero—, tengo que hablar con usted.