El Conde de Montecristo

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Capítulo XXX

El cinco de septiembre

Esa moratoria acordada por el mandatario de la casa Thomson y French, en el momento en el que Morrel menos se lo esperaba, le pareció al pobre armador uno de esos retornos de la felicidad que anuncian al hombre que la mala suerte se ha cansado por fin de cebarse en él. Ese mismo día contó lo que le había sucedido, a su hija, a su mujer y a Emmanuel, y devolvió a la familia un poco de esperanza, aunque no de tranquilidad. Pero, desgraciadamente, Morrel no sólo tenía que ver con la casa Thomson y French, que en tan buena disposición se había mostrado con él. Como ya había dicho, en los negocios se tienen relaciones comerciales, no amigos. Cuando pensaba en ello profundamente, ni siquiera comprendía la generosa conducta de los señores Thomson y French; lo que esa casa había hecho con él no se lo explicaba sino por la siguiente reflexión inteligentemente egoísta: «más vale apoyar a un hombre que nos debe cerca de trescientos mil francos y obtenerlos al cabo de tres meses, que apresurar su ruina y obtener solamente el seis o el ocho por ciento del capital».



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