El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Y con una sonrisa que revelaba alegría y dicha, dejó el cobijo en el que se ocultaba, y sin que nadie le prestara atención, pues todo el mundo estaba atento al suceso del día, bajó una de esas escalerillas que sirven de desembarcadero y llamó tres veces: «¡Jacopo! ¡Jacopo! ¡Jacopo!».
Entonces, una chalupa llegó hasta él, le recibió a bordo, y le condujo hasta un yate riquísimamente aparejado, y a cuyo puente se dirigió con la agilidad de un marino; desde allí contempló una vez más a Morrel que, llorando de alegría, distribuía cordiales apretones de manos a todo el mundo, y agradecía con una vaga mirada al benefactor desconocido a quien parecía buscar en el cielo.
«Y ahora», se dijo el hombre desconocido, «¡adiós bondad, humanidad, agradecimiento!… ¡Adiós a todos los sentimientos que ensanchan el corazón!… he sustituido a la Providencia para recompensar a los buenos… ¡que el Dios de la venganza me ceda su puesto para castigar a los malos!».
Tras estas palabras, hizo una señal y, como si no hubiera esperado más que esa señal para partir, el yate se hizo enseguida a la mar.