El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —En ese caso —repuso Caderousse—, que nos sirvan más vino: quiero beber a la salud de Edmond y de la bella Mercedes.
—Tú ya has bebido demasiado, borracho —dijo Danglars—, y si sigues asà tendrás que dormir aquÃ, dado que no podrás tenerte en pie.
—Yo —dijo Caderousse levantándose con la fatuidad del hombre borracho—; ¡yo, que no puedo tenerme en pie! ¡Apuesto a que subo al campanario de las Accoules, y sin vacilar!
—Y bien, sea —dijo Danglars—, yo lo apuesto, pero para mañana: hoy ya es hora de volver; dame el brazo y volvamos a casa.
—SÃ, volvamos —dijo Caderousse, pero no necesito tu brazo para eso. ¿Vienes, Fernand? ¿Vienes con nosotros a Marsella?
—No —dijo Fernand—, yo me vuelvo a Les Catalans.
—Haces mal, ven con nosotros a Marsella, ven.
—Yo no necesito ir a Marsella, y además no quiero ir.
—¿Qué es lo que has dicho? Que no quieres, ¡hombre! Pues bien, ¡como quieras! ¡Libertad para todo el mundo! Ven, Danglars, y dejemos al señor que vuelva a Les Catalans, ya que es lo que quiere.