El Conde de Montecristo

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Capítulo XXXII

El despertar

Cuando Franz volvió en sí, los objetos exteriores parecían una segunda parte del sueño; creyó estar en un sepulcro en el que apenas penetraba, como un rayo de piedad, un rayo de sol; extendió el brazo y sintió la piedra; se incorporó: estaba acostado envuelto en su albornoz, sobre un lecho de brezo seco muy suave y muy oloroso.

Todas las visiones habían desaparecido, y como si las estatuas, que no hubiesen sido sino sombras salidas de su tumba durante el sueño, hubiesen vuelto a ella a su despertar.

Dio algunos pasos hacia el lugar del que provenía la luz; en contraste con la agitación del sueño, le sucedía ahora la calma de la realidad. Se encontró en una gruta, avanzó hacia la salida, y a través de la puerta cimbrada apareció un cielo y un mar azul. El aire del cielo y el agua del mar resplandecían bajo los rayos del sol de la mañana; en la orilla, los marineros estaban sentados charlando y riendo: en el mar, a diez pasos, la barca se balanceaba graciosamente anclada.


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