El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Entonces, saboreó unos momentos la fresca brisa que le daba en el rostro; escuchó el ruido debilitado de la ola que se mecía en la orilla y que dejaba sobre las rocas un encaje blanco como de plata; se dejó llevar sin reflexionar, sin pensar, por esa maravilla divina que hay en los fenómenos de la naturaleza, sobre todo cuando se sale de un sueño fantástico; después, poco a poco, esa vida del exterior, tan plácida, tan pura, tan grande, le recordó la inverosimilitud de su sueño, y los recuerdos comenzaron a volver a su memoria.
Recordó su llegada a la isla, su presentación ante el jefe de los contrabandistas, un palacio subterráneo lleno de maravillas, la excelente cena y la cucharadita de hachís.
Pero frente a la realidad del pleno día, le parecía que todas esas cosas habían pasado hacía al menos un año, por lo vivo que estaba el sueño en su pensamiento, y por la importancia que cobraba en su mente. Además, de vez en cuando, su imaginación le traía una de esas sombras que habían sembrado su noche de besos, sombra que venía a sentarse entre los marineros, o bien aparecía sobre una roca, o se balanceaba en la barca. Por lo demás, tenía la mente perfectamente clara y el cuerpo perfectamente descansado: ninguna pesadez en el cerebro, sino al contrario, un cierto bienestar general, una facultad mayor que nunca para absorber el aire y el sol.
Se acercó, pues, alegremente a los marineros.