El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —¿Pero la calesa y los caballos? —dijo Franz.
—Tranquilo, querido amigo, ya vendrán por sí solos; sólo se trata de ponerles un precio.
Y Morcerf, con esa admirable filosofía que no cree nada imposible mientras se huela a bolsa inflada o a cartera repleta, cenó, se acostó, durmió a pierna suelta y soñó que disfrutaba del carnaval en una calesa tirada por seis caballos.