El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo El banquete de compromiso
Al día siguiente hizo un día espléndido. El sol se levantó limpio y brillante, y los primeros rayos de un rojo púrpura jaspearon con sus rubíes los picos espumosos de las olas.
La comida había sido preparada en el primer piso de esa misma Reserve, cuyo cenador ya conocemos. Se trataba de una sala grande, iluminada por cinco o seis ventanas, y sobre cada una de ellas, ¡explique el fenómeno quien pueda!, estaba escrito el nombre de cada una de las grandes ciudades de Francia.
Una balaustrada de madera, como el resto del edificio, corría a lo largo de esas ventanas.
Aunque la comida estuviera indicada para las doce del mediodía, desde las once de la mañana esa balaustrada estaba llena de impacientes paseantes. Eran los marinos privilegiados del Pharaon y algunos soldados amigos de Dantès. En honor a los novios, todos habían sacado a la luz sus más elegantes atuendos.
Circulaba el rumor entre los futuros comensales de que los armadores del Pharaon iban a honrar con su presencia la comida de compromiso de su segundo; pero, era por su parte un honor tan grande el acordado a Dantès, que nadie aún se atrevía a creerlo.
