El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Bandidos romanos
Al día siguiente, Franz se despertó el primero, y una vez despierto, llamó.
El tintineo de la campanilla vibraba aún, cuando el mismísimo maese Pastrini entró.
—Y bien —dijo el patrón triunfante, y sin ni siquiera esperar a que Franz le preguntase—, ya me lo temía yo ayer, Excelencia, cuando no quería prometerles nada; ustedes la encargaron demasiado tarde y no hay ni una sola calesa disponible en Roma, para los tres últimos días de carnaval, se entiende.
—Sí —repuso Franz— es decir, para los días en la que es absolutamente necesaria.
—¿Qué pasa? —dijo Albert entrando en el gabinete—. ¿Que no hay calesa?
—Justamente, mi querido amigo —respondió Franz—, lo ha adivinado a la primera.
—Pues bien, ¡vaya una maravilla de ciudad, su famosa ciudad eterna!
—Es decir, Excelencia —repuso maese Pastrini, que deseaba mantener la capital del mundo cristiano en una cierta dignidad ante los viajeros—, es decir que no hay calesas a partir del domingo por la mañana hasta el martes noche, pero a partir de entonces encontrarán ustedes cincuenta, si lo desean.
