El Conde de Montecristo

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—¡Ah! Eso ya es algo —dijo Albert—; hoy estamos a jueves; ¿quién sabe lo que puede pasar de aquí al domingo?

—Que llegarán diez o doce mil viajeros más —respondió Franz— que ocasionarán una mayor dificultad.

—Amigo mío —dijo Morcerf—, gocemos del presente y no nos entristezcamos por el futuro.

—¿Al menos —preguntó Franz— podremos conseguir una ventana?

—¿Con vistas adónde?

—A la calle del Corso, ¡pardiez!

—¡Ah! Sí, ¡una ventana! —exclamó maese Pastrini—. Imposible, ¡imposible de toda imposibilidad! Quedaba una en el quinto piso del palacio Doria, y ha sido alquilada a un príncipe ruso por veinte cequíes al día.

Los jóvenes se miraron estupefactos.

—Y bien, querido amigo —dijo Franz a Albert—, ¿sabe lo que tendríamos que hacer? Pues irnos a pasar el carnaval a Venecia; al menos allí, si no encontramos un coche, encontraríamos góndolas.

—¡Ah! ¡A fe mía, no! —exclamó Albert—. Decidí que vería el carnaval de Roma, y lo veré, aunque sea sobre unos zancos.


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