El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Sin embargo, Danglars, al llegar con Caderousse, confirmó por su parte esa noticia. Por la mañana había visto al señor Morrel en persona, y el señor Morrel le había dicho que vendría a comer a la Reserve.
En efecto, un instante después, el señor Morrel hizo a su vez su entrada en la sala y fue saludado por los marineros del Pharaon con un ¡hurra! unánime de aplausos. La presencia del armador era para ellos la confirmación del rumor que corría ya de que Dantès sería nombrado capitán; y como Dantès era muy estimado a bordo, esa buena gente daba así las gracias al armador de que, por una vez, y por azar, la elección del armador estuviese en armonía con el deseo de la tripulación. Apenas el señor Morrel entró en la sala, Danglars y Caderousse, al unísono, salieron deprisa en busca del novio: tenían la misión de prevenirle de la llegada del importante personaje, cuya aparición había causado una sensación tan viva, y decirle que se diera prisa.
Danglars y Caderousse salieron corriendo, pero no habían dado cien pasos cuando, a la altura del almacén de pólvora, vieron al pequeño grupo que se acercaba.
Ese pequeño grupo se componía de cuatro muchachas amigas de Mercedes y catalanas como ella, que acompañaban a la novia a la que Edmond daba el brazo. Junto a la futura esposa venía Dantès, padre, y tras ellos, Fernand, con su malévola sonrisa.