El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Ah! ¡Dios mío! Es muy sencillo. Según a la distancia que se esté de la ciudad, les da ocho horas, doce horas o un día para pagar su rescate; después, transcurrido ese tiempo, les concede una hora de gracia. Cumplidos los sesenta minutos de esa hora, si no tiene el dinero, les salta la tapa de los sesos de un disparo, o les planta su puñal en el corazón; eso es todo.

—Y bien, Albert —preguntó Franz a su compañero—, ¿sigue usted dispuesto a ir al Coliseo por los bulevares exteriores?

—Perfectamente —dijo Albert—, si la ruta es más pintoresca.

En ese momento sonaron las nueve, la puerta se abrió y apareció nuestro cochero.

—Excelencias —dijo—, el coche les espera.

—Y bien —dijo Franz—, en ese caso, ¡al Coliseo!

—¿Por la puerta del Popolo, Excelencias, o por las calles?

—¡Por las calles, pardiez! ¡Por las calles! —exclamó Franz.

—¡Ah! ¡Querido amigo! —dijo Albert, levantándose a su vez y encendiendo su tercer cigarro—. De verdad que le creía a usted más valiente que todo eso.

Y dicho esto, ambos jóvenes bajaron la escalera y subieron al coche.


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