El Conde de Montecristo

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Como el del hotel les había seguido, con este ya tenían dos.

Imposible, por lo demás, evitar en Roma ese lujo de guías; además del cicerone general que se ampara de nosotros en el momento en el que ponemos los pies en el umbral de la puerta de un hotel, y que ya no nos abandona hasta el día en el que ponemos los pies fuera de la ciudad, hay aún un cicerone especial adscrito a cada monumento, y yo diría que casi a cada fracción de monumento. Juzguemos, pues, sí deben faltar ciceroni en il Colosseo, es decir, en el monumento por excelencia que hacía decir a Marco Valerio Marcial: «Que Menfis deje de alabar los bárbaros milagros de sus pirámides, que no se canten más las maravillas de Babilonia: todo debe claudicar ante el inmenso trabajo del anfiteatro de los Cesares, y todas las voces de la fama deben unirse para aclamar este monumento».

Franz y Albert no intentaron sustraerse a la tiranía ciceroniana. Por lo demás, eso sería tanto más difícil cuanto que sólo los guías tienen permiso para recorrer el monumento con antorchas. Así que no opusieron ninguna resistencia, y se entregaron atados de pies y manos a sus conductores.



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