El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La mazzolata
—Señores —dijo entrando el conde de Montecristo—, reciban todas mis excusas por haber esperado su visita, pero si me hubiera presentado más temprano en sus habitaciones, temerÃa haber sido indiscreto. Por lo demás, ustedes avisaron que vendrÃan, y me he atenido a su disposición.
—Nosotros, Franz y yo, le estamos muy agradecidos, señor conde —dijo Albert—; nos saca usted realmente de un gran apuro, estábamos intentando inventar el vehÃculo más fantasioso que haya existido, en el momento en el que su gentil invitación nos llegó.
—¡Eh! ¡Dios mÃo! Señores —repuso el conde indicando a los jóvenes que se sentaran en un diván—, si les dejé durante tanto tiempo angustiados, la culpa es de ese imbécil de Pastrini. No me habÃa dicho ni una palabra, a mÃ, solo y aislado como estoy aquÃ, que no esperaba más que una ocasión para conocer a mis vecinos. En el momento en el que supe que podÃa servirles en algo, ya han visto que me he apresurado a presentarles mis respetos.
