El Conde de Montecristo

El Conde de Montecristo

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—¡Ah! Es cierto —dijo el conde con aire distraído y mirando a Morcerf con una sostenida atención—; ¿no hay en la plaza del Popolo algo así como una ejecución?

—Sí —respondió Franz, viendo que venía por sí mismo hacia donde él quería llevarlo.

—Espere, espere, creo que dije ayer a mi intendente que se ocupara de eso; quizá pueda también hacerles ese pequeño favor.

Y alargó la mano hacia el cordón de la campana, del que tiró tres veces.

—¿Se ha preocupado alguna vez —dijo a Franz—, del horario de los criados y de simplificar sus idas y venidas? Yo lo tengo estudiado: cuando llamo una vez, es para mi ayuda de cámara; dos veces, para mi mayordomo; tres veces, para mi intendente. De esta manera no pierdo ni un minuto, ni una palabra. Mire, aquí está nuestro hombre.

Entró entonces un individuo de cuarenta y cinco a cincuenta años, que Franz juzgó que se parecía como dos gotas de agua al contrabandista que le condujo hasta la gruta, pero que en absoluto hizo ademán de reconocerle. Vio que era, sin duda, la orden dada.

—Señor Bertuccio —dijo el conde—, ¿se ha ocupado usted, como le ordené ayer, de procurarme una ventana en la plaza del Popolo?


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