El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Después, volviéndose hacia sus hombres:
—¡Vamos! —dijo—, ¡cada uno a su puesto para el fondeo!
La tripulación obedeció. Al instante, los ocho o diez marineros que la componÃan se lanzaron unos a las escotas, otros a las brazas, otros a las drizas, otros a los cabos bajos de los foques; finalmente, otros a cada briol de las velas.
El joven marino echó una indolente ojeada a todo ese comienzo de maniobra y, al ver que sus órdenes se iban ejecutando, volvió a su interlocutor.
—Y entonces, ¿cómo sucedió esa desgracia? —continuó el armador, retomando la conversación allà donde el marino la habÃa interrumpido.
—Dios mÃo, señor, de la manera más imprevista: después de una larga conversación con el comandante del puerto, el capitán Leclère salió de Nápoles muy agitado; al cabo de veinticuatro horas le subió la fiebre; tres dÃas después, murió.
»Le hicimos los funerales de ordenanza, y descansa a la altura de la isla de El Giglio, decentemente envuelto en un coy, con una bala de cañón del treinta y seis a los pies y otra a la cabeza. Le traemos a la viuda su cruz de honor y su espada. Sà que es una lástima —continuó el joven con una melancólica sonrisa—, guerrear diez años contra los ingleses para venir a morir en su cama, como todo el mundo.
