El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo La recomendación era casi inútil, puesto que Franz estaba como fascinado por el horrible espectáculo, y allí, al condenado, a pesar de sus esfuerzos, de sus mordeduras, de sus gritos, le habían obligado a ponerse de rodillas. Mientras tanto, el verdugo se había colocado a su lado, con la maza en suspenso; entonces, tras una señal, los dos ayudantes se apartaron. El condenado intentó levantarse, pero antes de que le diera tiempo, la maza se abatió sobre su sien izquierda; se oyó un ruido sordo y velado, el ajusticiado cayó como un buey, con la cara pegada al suelo, después de un contragolpe, se dio la vuelta sobre la espalda. Entonces el verdugo dejó caer la maza, sacó el cuchillo del cinturón, y de un solo tajo le abrió la garganta, y, subido sobre el vientre del condenado, se puso a aprisionarle con los pies.
A cada presión, un surtidor de sangre le salía del cuello.
Esta vez Franz no pudo aguantar más; se echó hacia atrás y fue a desplomarse en un sillón, medio desvanecido.
Albert, con los ojos cerrados, se quedó de pie, pero aferrado a las cortinas de la ventana.
El conde estaba de pie y triunfante, como el ángel del mal.