El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo —Peppino es un muchacho con sentido común, que no tiene el mÃnimo amor propio, y que, contra la costumbre de los hombres, que se ponen furiosos cuando nadie se ocupa de ellos, él está encantado, encantado de ver que la atención general se dirigÃa hacia su compañero; en consecuencia, aprovechó la distracción para deslizarse entre la gente y desaparecer, sin ni siquiera dar las gracias a los dignos curas que le habÃan acompañado. Decididamente, el hombre es un animal bien ingrato y bien egoÃsta… Pero, vÃstase; mire, ya ve que el señor de Morcerf le da ejemplo.
En efecto, Albert se ponÃa maquinalmente su pantalón de tafetán por encima del pantalón negro y de las botas de charol.
—Y bien, Albert —preguntó Franz—; ¿ya está listo para hacer locuras? Veamos, responda con franqueza.
—No —dijo—; pero de verdad que estoy contento de haber visto una cosa asÃ, y comprendo lo que decÃa el señor conde, que una vez que se habitúa uno a un espectáculo semejante, este sea el único que pueda aún proporcionarnos emociones.