El Conde de Montecristo

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Dos o tres máscaras quisieron acercársele para apagárselo o arrebatárselo, pero, como hábil boxeador, Albert las envió rodando a unas y a otras a diez pasos de él, mientras continuaba su carrera hacia la iglesia de San-Giacomo.

Las gradas estaban llenas de curiosos y de enmascarados que peleaban por quitase la vela de las manos. Franz seguía con la mirada a Albert y le vio poner el pie sobre el primer escalón; después, casi enseguida, una máscara que llevaba el tan conocido disfraz de la campesina del ramillete alargó el brazo y, sin que esta vez Albert opusiera resistencia alguna, le llevó el moccoletto.

Franz estaba demasiado lejos para oír las palabras que intercambiaron, pero sin duda no tenían nada de hostiles, pues vio que Albert y la campesina se alejaban cogidos del brazo.

Les siguió por algún tiempo en medio de la gente, pero, en la Via Macello, les perdió de vista.

De repente, el sonido de la campana que da la señal del cierre del carnaval resonó en el aire, y al mismo tiempo todos los moccoli se apagaron como por ensalmo. Uno diría que una única e inmensa bocanada de aire los había apagado todos.

Franz se vio en la oscuridad más profunda.


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