El Conde de Montecristo
El Conde de Montecristo Maese Pastrini, que estaba acostumbrado a verlos cenar juntos, se informó sobre las causas de la ausencia de Albert, pero Franz se limitó a responder que Albert había recibido la víspera una invitación a la que había acudido. La súbita extinción de los moccoletti, esa oscuridad que había reemplazado a la luz, ese silencio que había sucedido al ruido, habían dejado en el espíritu de Franz una cierta tristeza que no estaba exenta de inquietud. Cenó, pues, muy silenciosamente a pesar de la laboriosa solicitud de su patrón, que entró dos o tres veces para preguntar si necesitaba algo.
Franz estaba decidido a esperar a Albert el mayor tiempo posible. Pidió, pues, el coche para las once, rogando a maese Pastrini que le avisara de inmediato si Albert reaparecía por el hotel para lo que fuera. A las once, Albert no había vuelto. Franz se vistió y salió, avisando a Pastrini de que pasaría la noche en casa del duque de Bracciano.